Despedidas y esas mierdas.

Yo, que siempre he sido una chica a la que le ha gustado estar siempre en contacto con las personas; yo, que amo los abrazos en los que ni siquiera cabe una pizca de aire, tuve que toparme contigo. Contigo que lo que me diste fue distancia, fueron despedidas. Contigo, que solo al conocernos ya pusimos kilómetros entre nosotros. Nunca me había dolido tanto ir a un aeropuerto, ir a una estación de tren o a cualquier sitio donde siempre en las películas, uno de los protagonistas sale corriendo tras el otro para fundirse en un beso que ya los unirá para siempre.

Nuestros encuentros siempre estuvieron llenos de pasión, de amor, de alegría y de sexo. Cuando estábamos juntos no nos preocupaba que a los pocos días nos tuviéramos que separar, no nos preocupaba que solo fuese para unos días porque, incluso estando lejos, nos sentíamos cerca. Lo único que nos preocupaba era eliminar toda esa distancia que nos había consumido, lo que nos preocupaba era consumirnos hasta no ser.

¿Qué nos pasó? Nos pasó Madrid. Nos pasó que nos quedó Madrid. No dejo de pensar en lo bonito que habría sido Madrid de tu mano. Se quemó ante nosotros. Se quemó porque nosotros lo quemamos, quemamos las ganas de quemarnos, de comernos, de encontrarnos.  Se esfumó antes de lo que se me enfría el café cuando me pongo a escribir y no me doy cuenta de que lo tengo junto a mí, esperándome. ¿Era nuestro momento?

Hoy, sigo viéndote en mis sueños, sigo sintiéndote cerca si me lo propongo, incluso se me puede llegar a erizar la piel con tan solo recordarte. Recordar aquello que vivimos. Algo efímero, pero maravilloso.

Ojalá me hubiese dado cuenta de que aquella última despedida en aquel aeropuerto iba a ser la última, aquella en la que tras besarte comencé a andar con paso firme hacia delante. Sin mirar atrás. Sin mirar atrás porque aquello que me estaba devolviendo la vida que creía perdida, se quedaba ahí. Volvería a estar lejos de mí, de nuevo. ¿Por qué no doblamos el mapa y nos encontramos más cerca? ¿Por qué no juntamos nuestros caminos y que le den a Madrid, que le den a las despedidas y que le den a que no sea nuestro momento?

¡Joder! Todavía siento en mi estómago esas putas cosquillas que sentí cuando el avión comenzó a descender para llegar a ti, aún siento aquel nudo en la garganta y como el nudo se iba cargando las cosquillas porque ese mismo aeropuerto ahora me alejaba de ti. Me alejaba y no había vuelta atrás. Nos alejaba y no lo supimos. Nos alejó y aún no nos hemos dado cuenta. Nos alejó, y ahora me doy cuenta de la putada.

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Rota.

Y, pronto, la tristeza te invade, te coge y te escupe rota en mil pedazos.

Igual no sabes el motivo, -quizá ni siquiera exista un motivo en sí, que sea lógico y que tenga fundamento,- pero, aún así, las lágrimas inundan tus ojos, y cada una de ellas es como si fuera un alfiler que se te clava en el alma, en el corazón, en las entrañas.

Te rindes, tu cuerpo abandona todas las fuerzas que pudieran quedar en él y te ahogas. Te ahogas en tu propio mar, te ahogas y nadie puede salvarte. Porque la única persona que podría hacerlo, está rota. Eres tú.

Los grises también son bellos.

Te sientes ahogada, sin escapatoria; no sabes hacia dónde ir o qué hacer. Te preguntas mil y una vez si deberías frenar, aminorar el ritmo o quizá tan solo cambiar de dirección. Esfumarte.

Empiezas a comprender que quizá ese no sea tu sitio, que no deberías estar ahí y que jamás has encajado donde con tanto ahínco has intentado encajar. Que la vida no es siempre de color negro o blanco, que entre el negro y el blanco hay una infinita gama de grises, cada uno único. Diferente. Como tú.

Te das cuenta de que aquello que decían de que la vida era de color de rosa era tan sólo una mentira más, para seguir agregando aún más a la gran bolsa de mentiras sobre la que vivimos. Todo empezó con Los Reyes Magos, Papá Noel, con el Ratoncito Pérez, con los príncipes azules.

Pero… ¿hay algo más triste que depender de que un príncipe llegue a lomos de su corcel para salvarte? Como si no fuésemos lo suficientemente valientes como para salvarnos nosotras mismas. Además, ya suficiente tienen con sus problemas como para tener que ocuparse de sacarnos de “nuestro trágico destino para vivir felices en su maravilloso castillo” en el que, como no, todo se tornará de color de rosa.

Y es que ya estoy un poco harta de que nuestra felicidad dependa de que llegue nuestro “hombre/mujer perfecto/a”. Que tampoco es tan malo estar sola una temporada. Una temporada para conocerte mejor, para saber qué sientes y cómo lo sientes. Sin nadie que te diga qué sentir o hasta que punto tienes que olvidarte de ti hasta el punto de darlo todo por la otra persona. ¿Darlo todo por otra persona? Pero, ¿en qué mundo vivimos? ¿Cómo vamos a darlo todo por otra persona en el mundo tan egoísta en el que vivimos? Además, para darlo todo por otra persona primero tenemos que empezar por darlo todo por nosotros. 

Tenemos que empezar por amarnos para dar amor, no podemos dar amor si no sabemos qué se siente cuando te aman incodicionalmente, si no sabes qué es saber que esa persona (tú misma) va a estar ahí, hasta el último día de tu vida. 

Antes de amar, antes de enamorarte de otra persona, empieza por amarte a ti mismo y empieza a comprender que los grises también son bellos.